¿Qué motiva la creación y difusión de desinformación?
Existen diferentes motivos que impulsan el surgimiento y la propagación de desinformación que van desde quienes la difunden a sabiendas de su falsedad hasta quienes lo hacen pensando que es información valiosa y la consideran verdadera.
Cuando la desinformación se crea y se difunde de manera deliberada, dos de los incentivos más relevantes —aunque no los únicos— son el beneficio político y la generación de ingresos económicos, dos lógicas que con frecuencia se combinan y se potencian.
La desinformación como herramienta política
En el plano político, la desinformación se utiliza como una herramienta para influir en el debate público, moldear percepciones y alterar comportamientos. Uno de sus usos más frecuentes es atacar o desacreditar a un oponente, mediante acusaciones falsas, datos manipulados o narrativas que buscan erosionar su reputación o generar desconfianza.
Otro objetivo habitual es construir o señalar enemigos, ya sean externos (otros países, organismos internacionales, migrantes) o internos (minorías, movimientos sociales, periodistas, científicos). Estas narrativas suelen simplificar problemas complejos y sirven para canalizar el enojo social, reforzar identidades políticas y cohesionar apoyos alrededor de un liderazgo o proyecto.
En contextos electorales también es usada para movilizar o desalentar votantes: desde exagerar amenazas para activar apoyos hasta sembrar confusión, apatía o desconfianza en procesos electorales y en las instituciones democráticas.
La economía de la desinformación
El modelo de negocios del ecosistema digital -plataformas y páginas web- depende en gran medida de ingresos publicitarios que se valorizan según el engagement que generan sus contenidos: vistas, clics, comentarios, tiempos de permanencia.
En este contexto, la desinformación resulta especialmente rentable porque muchas veces genera niveles de interacción más altos que la información verificada. Los contenidos falsos o engañosos tienden a ser emocionales, chocantes o polarizantes, lo que incrementa la probabilidad de reacciones intensas y rápidas. Por su parte, el contenido controvertido suele forzar una dinámica entre usuarios de tipo “nosotros contra ellos”, generando audiencias fanáticas que, por su naturaleza, demuestran ser más intensas e involucradas.
La monetización se produce principalmente a través de la publicidad digital automatizada. Mediante sistemas de pauta programática, como Google Ads, los anuncios se colocan de forma casi automática en sitios web y videos, sin un control editorial directo por parte de anunciantes o plataformas. A esto se suman mecanismos de monetización dentro de las mismas plataformas como ganancias por número de visualizaciones y herramientas que permiten a los usuarios pagar por beneficios especiales, como destacar mensajes o acceder a funciones exclusivas. Muchos también apelan a donaciones directas o a través de sistemas de suscripciones.
A estos mecanismos se suma el uso de la visibilidad y de las comunidades leales que se construyen en las plataformas para vender productos y servicios propios. Muchos creadores de desinformación capitalizan la confianza o identificación de su audiencia para promocionar desde libros, cursos de coaching, seminarios a, incluso, suplementos dietarios, falsos medicamentos y tratamientos sin aval científico. Así, la desinformación funciona no sólo como contenido monetizable, sino también como una herramienta de marketing que permite diversificar y asegurar ingresos más allá de las ganancias directas que ofrecen las plataformas digitales.
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