¿Cuánta desinformación circula?


En la última década, la desinformación se convirtió en objeto de preocupación generalizada entre gobiernos, ciudadanos, organismos internacionales, plataformas digitales y académicos. Pero detrás de esta preocupación persiste una pregunta fundamental: ¿cuál es realmente la magnitud del fenómeno?

Responder esta pregunta es enormemente complejo. La desinformación circula en múltiples medios, formatos y plataformas: desde redes sociales y sitios web hasta aplicaciones de mensajería, medios tradicionales y conversaciones cotidianas. Esta diversidad hace que medirla sea un desafío mayúsculo. Sin embargo, contamos con algunos métodos para intentar dimensionarla, aunque cada uno tiene limitaciones importantes.

Análisis de URLs y calidad de sitios web


El primer enfoque -el más utilizado cuando se analizan grandes volúmenes de datos en redes sociales- se centra en analizar los enlaces a sitios web externos que suelen acompañar a algunas publicaciones, y usa la calidad del sitio web al que llevan como indicador de veracidad del contenido. La lógica es que los enlaces a sitios de baja calidad informativa tienen más probabilidades de ser falsos o inexactos.

Para identificar si una publicación contiene un enlace a un sitio desinformante, estos estudios cotejan las URLs con listados de sitios desinformantes elaborados por profesionales. Sin embargo, estos listados son limitados: dejan fuera muchos sitios web que no son de noticias, y otros quedan afuera por ser nuevos o poco conocidos. Aunque en los últimos años estas listas se ampliaron, tanto en cantidad como en criterio de inclusión (por ejemplo, sitios web que no son de noticias) no dejan de ser acotadas. Además, muchas URLs llevan a otras plataformas, donde el problema no es el sitio en sí, sino el contenido específico.

Este método presenta otras limitaciones significativas. Al enfocarse únicamente en publicaciones con enlaces externos, deja afuera textos, imágenes, videos y declaraciones que circulan sin vincular a sitios externos. Además, por cuestiones prácticas, se suele trabajar con datos de Twitter (hoy X), pero esta red es usada solo por un pequeño sector de la ciudadanía.

Quedan completamente fuera otros canales digitales relevantes, como WhatsApp o Telegram, donde la información se propaga de manera privada. Tampoco se consideran las declaraciones de dirigentes políticos, comunicadores o influencers con alta legitimidad y alcance masivo. Finalmente, queda excluida toda la desinformación que circula por medios tradicionales -radio, televisión, diarios- y en ámbitos offline como conversaciones cotidianas o espacios comunitarios.

Encuestas y experimentos


El segundo enfoque consiste en recopilar titulares, publicaciones o artículos específicos que han sido desmentidos o que son verídicos, y preguntar a los participantes qué tan probable sería que los compartieran si los vieran en línea.

Este método elimina posibles sesgos de exposición, donde algunos usuarios pueden estar más expuestos a desinformación que otros. Sin embargo, también tiene limitaciones: es difícil de implementar a gran escala y se basa en intenciones declaradas en lugar del comportamiento real de compartir en redes sociales.

Nuevas metodologías


En los últimos años, las investigaciones empezaron a utilizar métodos de análisis combinados para superar estas limitaciones. Por ejemplo, en lugar de cotejar las URLs con una sola lista, se contrastan con múltiples listados de sitios desinformantes o índices de calidad informativa confeccionados por diferentes expertos y con criterios más amplios y variados. Otra aproximación para evaluar la calidad de las noticias o de los sitios web consiste en combinar el criterio de expertos con evaluaciones de personas comunes políticamente balanceadas, buscando así aproximaciones más robustas al problema de dimensionar la desinformación que circula en nuestras sociedades.

En definitiva, si bien es imposible conocer toda la desinformación que circula, podemos utilizar diversas aproximaciones según nuestro objeto de estudio. Lo importante es tener claridad sobre qué recorte de la realidad estamos haciendo y qué limitaciones tienen nuestros abordajes. Toda investigación científica y metodología poseen restricciones inherentes, lo cual no constituye un defecto sino una característica propia del quehacer académico. Lo relevante no es la ausencia de estas limitaciones -algo imposible- sino reconocerlas y explicitarlas. Solo así podemos comprender adecuadamente el alcance e implicancias de nuestras conclusiones, evitando generalizaciones indebidas o interpretaciones que excedan lo que los datos realmente permiten sostener..

Evidencia relacionada


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