¿Cuál es el impacto de la desinformación?
En la última década, la desinformación se convirtió en tema de preocupación generalizada. Pero persiste una pregunta central: ¿Cuál es el impacto que tiene en la sociedad? ¿Tiene consecuencias directas en las creencias o en el comportamiento de las personas?
La respuesta no es simple. Existe un desafío profundo sobre cómo entender la relación causal entre la información que consumimos y nuestras decisiones: es imposible aislar el efecto de la desinformación de todos los otros factores sociales y culturales que moldean creencias y actitudes.
Sin embargo, esto no significa que no podamos estudiar el fenómeno: la clave está en comprender tanto las limitaciones metodológicas como los efectos que sí hemos podido documentar.
La magnitud del fenómeno y sus limitaciones de medición
Algunos investigadores cuestionan la magnitud del problema argumentando que la exposición a contenidos falsos es, en promedio, limitada. Sin embargo, esta afirmación se basa en estudios con importantes limitaciones metodológicas.
Como explicamos en detalle en el apartado “¿Cuánta desinformación circula?”, estas investigaciones suelen medir la exposición solo a publicaciones en redes sociales que enlazan a sitios previamente identificados como desinformantes. Esto deja fuera textos, imágenes y videos que circulan sin vincular a sitios externos, miles de contenidos que se propagan por WhatsApp o Telegram de manera difícil de rastrear, las declaraciones de dirigentes políticos, comunicadores o influencers con alta legitimidad y alcance masivo, y toda la desinformación que circula por medios tradicionales -radio, televisión, diarios- o en conversaciones cotidianas y espacios comunitarios.
Además, otros estudios suelen definir desinformación únicamente como afirmaciones falsas, cuando en realidad la gravedad del problema también se da por argumentos engañosos con omisiones deliberadas, verdades a medias o información técnicamente correcta pero presentada de forma descontextualizada. De hecho, algunas investigaciones muestran que la información sesgada o malinterpretada tiene mayor impacto negativo —por ejemplo, en la intención de vacunarse— que la puramente falsa.
Por último, medir solo el acceso individual a ciertos sitios o contenidos ignora que Internet es un entorno participativo donde las personas no consumen información de manera pasiva y aislada: interactúan, discuten, validan y refuerzan narrativas compartidas dentro de comunidades, tanto online como offline. Es en ese proceso social —más que en la simple exposición a un contenido específico— donde la desinformación despliega buena parte de su impacto.
En conjunto, estas limitaciones metodológicas no solo subestiman la cantidad de desinformación que circula, sino que tampoco capturan cómo opera realmente su impacto: de forma acumulativa, en interacción social y a través de múltiples canales simultáneos.
El impacto en el comportamiento
En fenómenos sociales complejos como la formación de opiniones políticas, exigir pruebas de causalidad directa y aislada puede ser una vara inapropiada para evaluar relevancia: un factor no necesita ser el único para resultar importante.
Como explicamos en profundidad en “Qué sabemos (y qué no) sobre el impacto real de la desinformación”, existe evidencia consistente que muestra asociaciones entre la exposición a narrativas desinformativas y determinadas creencias y comportamientos.
En salud pública, múltiples estudios encuentran correlaciones entre la creencia en desinformaciones específicas -como la idea de que las vacunas causan autismo- y menor intención de vacunarse. Durante la pandemia de COVID-19, la adhesión a narrativas falsas o engañosas se asoció con menor cumplimiento de medidas sanitarias y mayor desconfianza hacia las autoridades de salud.
En el ámbito político, la desinformación rara vez cambia directamente el voto, pero sí puede tener otros efectos relevantes para la democracia: desmovilización electoral, confusión sobre procedimientos de votación y erosión de la confianza en la legitimidad de los procesos democráticos. Incluso impactos cuantitativamente pequeños pueden resultar significativos cuando afectan la disposición a participar o socavan la confianza institucional.
En definitiva, que los efectos de la desinformación sean difíciles de aislar o cuantificar no la vuelve irrelevante. Reconocer esta complejidad es fundamental para diseñar respuestas efectivas que protejan tanto la integridad informativa como la salud democrática.
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